En mis 10 años trabajando con niños se han sentado en mi consultorio decenas de padres y madres que acuden buscando la salud física o emocional de sus hijos. Sin juicios ni críticas, he podido observar distintos estilos de crianza, desde los padres que llenos de angustia y nerviosismo presentan los motivos que los traen a consultar, hasta mamás que para poder contestar a mis preguntas voltean a cuestionar a la nanita de la criatura para obtener de ella tal información. He visto padres involucrados en la crianza y otros más bien distantes.

He visto también muchos niños, con muy variados comportamientos. Desde los que no se están quietos un instante, yendo y viniendo en mi oficina, sacando de los estantes juguetes y de mis cajones cosas que no están a la vista, hasta los que con gran recelo desvían la mirada, un tanto perdida, evitando el contacto tanto conmigo, como con sus padres. Pero en todos los casos y en todas las historias hay algo en común: el comportamiento del niño refleja de una u otra manera su relación con sus padres o sus cuidadores principales (cuando aquéllos no existen en la historia), aun cuando las palabras no lo cuenten o lo cuenten distinto.

Cuando de ayudar al comportamiento de los niños se trata, es muy lógico pensar que el trabajo se ha de hacer con el pequeño, porque ciertamente es así, hay que conocer al niño, evaluarlo, entrar en su mundo y tratarlo, cuando sea él (o ella) quien necesite el tratamiento. Sin embargo, otras veces el trabajo más que con el niño, tiene que hacerse con los padres. ¿Los padres? Sí, ellos. Siempre que se pueda, siempre que sean parte de la historia, siempre que estén dispuestos, los padres han de estar involucrados en este proceso. Y según la edad o el caso, incluso, empezar por ahí.

¿Por qué empezar por los padres? porque los niños no son seres aislados. No llegaron al mundo con un programa que habrían de ir desarrollando al paso de los días. Sus pensamientos, emociones y conductas se van formando en respuesta al ambiente. Los niños y sus comportamientos reflejan la dinámica de un sistema, la familia. Cuando en la familia hay problemas de comunicación, dificultades en el trato, o en el compartir entre los miembros que la constituyen, los niños se ven afectados. En mayor o menor grado, los problemas emocionales de los niños tienen un origen en la familia, incluso si el síntoma aparece, o es notado por primera vez, en el entorno escolar.

La desbocada velocidad con la que vivimos, la necesidad o el deseo de las madres de salir del hogar para trabajar, la tendencia consumista nos han distraído de una importantísima labor: la de formar a nuestros hijos. Ellos, por su parte, también se distraen gracias al alcance de la tecnología y las redes sociales, que sirven para rellenar sus vacíos e ir con las tendencias del mundo actual, cada vez más virtual y más desconectado de la dimensión física del contacto y la presencia interpersonal.

La ausencia de valores en la sociedad, se refleja en las crecientes cifras de bullying (en sus diferentes formas), de violencia y criminalidad, de trastornos de conducta alimentaria y de otras formas de conductas autodestructivas, como la drogadicción o el suicidio. Todas estas situaciones nos exigen que volteemos a ver cómo estamos ejerciendo nuestro rol de padres y prestemos atención a nuestros hijos.

Empezar por los padres signfica que hagamos una reflexión y pongamos sobre la balanza lo que realmente vale y pesa. No podemos controlar el mundo afuera de nosotros, siempre habrá necesidades materiales, cosas qué hacer y situaciones que nos demanden tiempo. Pero la etapa para educar a nuestros hijos y formarlos con valores y herramientas para la vida es breve y pasa muy rápido. Nuestra presencia, el amor y la calidad de nuestra crianza son, sin duda alguna, la mejor herencia que les podremos dejar.

Ahora mismo, ¿sabes qué está pensando tu hijo? ¿Sabes lo que siente y necesita? ¿Conoces a sus amigos y a los padres de ellos? ¿Conoces a tu hijo/a realmente?

Escrito por: Claudia Vega

2018-01-03T04:56:16+00:00

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